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lo octavo...

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Mensaje por Invitado el Vie Mayo 01, 2009 11:16 pm

La risa y los niños
En una lección anterior hablábamos de los niños como una fuente de inspiración para la risa, como un espejo en el que nos podemos mirar para imitar aquellas actitudes que nos favorecen, para que la risa nos brote más naturalmente.
En esa lección, en particular, hablábamos del niño interno, entendiéndose el niño interno como aquello que nos permite jugar, disfrutar y reír en libertad, aquello que, si podemos encontrarlo (y no hay dudas de que esta allí, y que se lo puede encontrar con un poco de esfuerzo), y darle espacio en nuestras vidas, exteriorizar lo que desea hacer, nos hará mucho más fácil reír con los problemas y también con las cosas que nos resultan graciosas. Volveremos a un estado en que nos resultaba sencillo y no un trabajo, en que la alegría era nuestro estado natural. Esto es lo que decíamos sobre el “niño interno”.
Pero también hacíamos hincapié en los niños externos, o sea, los niños reales, no aquellos que son parte de nuestro espíritu. Lo que decíamos de ellos es que son grandes maestros a la hora de tomarnos la vida con un poco más de humor, a los cuales podemos emular sin problemas, por simple imitación. Pasar tiempo con ellos, participando, en la medida de lo posible, de sus juegos, chistes y de su sabiduría y que con un tiempo de estar alrededor de ellos, descubriremos que empezamos a imitarlos de forma inconsciente. Y ese no fue el único artículo en que hicimos mención de los más pequeños.
Ahora retomamos ese tema, para tratarlo con un poco más de profundidad, para prestarle atención exclusiva a la relación entre los niños y la risa, a que podemos ver en nuestros hijos, nietos, sobrinos y demás pequeños que podamos tener alrededor que nos pueda ayudar a encontrar el humor en la vida, para poder ser un poco más felices.
Estado natural
¿Cuál es el estado natural del ser humano? ¿Las personas preocupadas y estresadas que vemos todos los días o los adultos en potencia, despreocupados y felices, fáciles de distraer y sin demasiados problemas (al menos problemas que duren más de unos minutos) en sus mentes? ¿Cuál de estos tipos modelos esta más cercano a lo que el ser humano puede o debe ser?
Personalmente, me parece que, si bien las dos formas separadas por la variable de la edad, pero también por multitud de otros factores, son partes del ser humano y deben estar en equilibrio para que el ser humano sea todo lo que puede ser, también creo que el niño esta más cercano a su estado natural, no ha sido tan modificado por la vida y por lo social, por aquellas cosas que la sociedad marca como importantes y por todo el equipaje que nos tira encima. La educación también juega un papel importante en esto, con cierta represión de la risa que no es, en definitiva, algo beneficioso, si no que nos roba de muchas posibilidades de disfrutar (sobre esto también hicimos un comentario en el artículo numero cinco de esta serie “La Risa Como Medicina: La Risa y La Iluminación”).
Probablemente, aprendiendo a actuar más como un niño, los seres humanos adultos pueden cambiar sus vidas, revolucionarlas, volverse seres menos preocupados por montones de cosas que en el gran esquema no tienen demasiada importancia y acercarse más a lo que, con un poco de suerte, nuestra herencia indica que debemos ser: felices.
Diferencias entre niños y adultos
Decir que hay muchas diferencias entre las actitudes que toman los adultos ante una contrariedad y la que toman los más pequeños es decir una obviedad. Es algo fácilmente observable, que cualquiera puede experimentar en forma muy simple cuando pase por algún momento de aburrimiento o cuando se vea forzado a soportar una larga espera en algún lugar.
Por ejemplo, imaginémonos dos situaciones distintas, en el consultorio de un medico. Si el que espera es un adulto, lo más probable es que luego de diez minutos ya ni siquiera lea las revistas, sino que se dedicara a quejarse, protestar, sentirse incomodo, estar lo menos confortable posible (no de forma consciente, por supuesto, ya que nadie dice “quiero estar incomodo”, sino a través de la actitud que toma ante esa espera). Por supuesto, esto no lo ayuda en nada a sentirse mejor o a soportar mejor la espera.
Por otro lado, intentemos imaginarnos una situación parecida, pero esta vez en el consultorio de un pediatra. Como nos podemos dar cuenta, la cosa es totalmente diferente. Mientras que el adulto sufría, el niño trata de disfrutar la espera, juega y se divierte. No se queja (salvo que tenga algo que le esta produciendo algún tipo de molestia). Y lo único que puede hacer que deje de divertirse es un padre demasiado preocupado por lo que su hijo esta haciendo.
Los niños, es cierto, parecen tenerlo más fácil que nosotros. Ellos pueden tener sus juguetes en todos lados, y solo necesitan de eso o un poco de imaginación para pasar un buen rato. Pero... ¿es tan distinto eso a nuestra situación? ¿No tenemos nosotros también nuestros “juguetes”? ¿O es, más que otra cosa, una cuestión de actitud?
Encontrar una forma de entretenerse no es difícil. Lo único que necesitamos es algo que saque nuestra mente de la situación actual y eso es algo que podemos encontrar con bastante facilidad. Es simplemente prestar atención a lo que pasa alrededor nuestro, a las gente en la calle, al lugar que nos rodea o a lo que sea. Eso es algo que los niños parecen poder hacer con muchísima facilidad pero que a los adultos les cuesta un poco más.
Poder de la imaginación
La imaginación es, sin lugar a dudas, una de las grandes claves para entender esta capacidad de los niños. Es lo que les permite conseguir diversión de cualquier cosa. ¿Cuántas veces hemos visto a un chico más entusiasmado por la caja que por el juguete que viene adentro? (Si, esto puede ser muy frustrante para el padre que gasto mucho dinero en el juguete. Increíblemente, estos costosos juguetes especialmente diseñados muchas veces no cumplen con las expectativas de los niños.). Sin ella, probablemente se aburrirían tanto como el resto de nosotros.
Pero poseer imaginación no es lo único necesario, sino que también se debe estar dispuesto a usarla. Eso es uno de los aspectos en que más carentes están los adultos. La vida que llevan, el trabajo y las ocupaciones, el estrés y las reglas que la sociedad, limitantes, evitan que sean capaces de tratar de imaginar por el simple placer de imaginar.
Los niños suelen encontrar la diversión en aquellas cosas que más molestan a los adultos. No se bien cual es la lógica, pero es así. Pareciese que es una cuestión de extremos.
Todo esto lo podemos lecciónr en el día a día, muy fácilmente.
Lección para aprender
Mucho podemos aprender de nuestros hijos, sobrinos o nietos. Podemos aprender que el mundo no es un lugar totalmente oscuro y desolado, que hay muchísimas cosas en él (prácticamente todo) que se pueden disfrutar, si nos lo planteamos con actitud correcta. O sea, si presuponemos que nos podemos divertir casi en cualquier forma y lugar. No hay nada que vaya más contra nuestras posibilidades de disfrute que el estar seguros de que no vamos a pasarla bien.
Es cierto que para ellos también es más fácil, porque todo es en menor cantidad, si se quiere. Se sienten ricos con unos pocos centavos, son amigos de alguien tan solo porque comparten el gusto por un determinado tipo de bebida, y así. Pero también podríamos nosotros aprender a ajustar nuestras expectativas con respecto a la vida y así disfrutar más. Disfrutar lo simple es una forma de ser mucho más felices.
Y esto es lo que podemos aprender de ellos.

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